Región de Atacama: Potrerillos, Un Mundo Feliz

potrerillos

por: Patricio Fernandino Oyanadel

Desperté en medio de la noche, estaba cubierto completamente con las pesadas frazadas que mi madre había reforzado sobre mi cama para que no me destapara durante la noche.

Llevaba puesto tres pijamas encima de mi cuerpo, un gorro pasamontañas y mitones tejidos con lana de oveja. Además de un guatero con agua caliente que se enfriaba casi tan rápido como las lágrimas de los perros que aullaban hipotérmicos en los patios vecinos. Fue con un remezón, el mismo con que la tormenta anunciaba que había llegado hasta Potrerillos, asustado miraba fijamente la ventana y veía cómo se iluminaba allá afuera con cada uno de los rayos y relámpagos que antecedían a los cada vez más poderosos truenos.

De pronto la luz eléctrica del cielo me encandiló. – Uno, dos, tre..es… – No terminaba de contar cuando mi cama se remeció con el gutural sonido de las nubes que chocaban entre sí. Estaba a menos de 1900 metros de distancia del punto de contacto donde se desató aquel rayo violento, el que vino acompañado con una implacable granizada que duró alrededor de 10 minutos. En ese momento, abandoné el miedo que me generaba acercarme a mirar a la ventana durante la noche una vez que mis padres apagaban la luz de mi cuarto, temeroso de hacerlo y ver pasar a la temida Llorona o a un hombre de capa y colmillos grandes como el Conde Drácula, personajes que llegaron a mi mente al escuchar las historias de terror que todas las noches mi padre Federico me contaba para que me durmiera luego. Sin embargo fui valiente, pero antes había pensado que en medio de esa tormenta era imposible que esos engendros del demonio fueran tan corajudos como para enfrentar a la fuerza del cielo caer sobre las tierras de cobre de Potrerillos.

Mientras reflexionaba y me decidía a levantarme a mirar por la ventana de pronto todo comenzó a calmarse…los perros ya no aullaban y el cielo ya no se iluminaba ni se rompía ya en mil pedazos que caían en forma de estruendos sobre mi techo, estaba todo en paz, en medio de la noche.

Entonces sigilosamente me destapé y me senté en la cama, sólo escuchaba el latido de mi corazón que retumba desde dentro en mis oídos, me acerqué lentamente a la ventana, paso a paso, una tabla de madera del piso crujió sincronizada en la medida que cargaba el peso de mi cuerpo sobre ella, llegué a la cortina, y decididamente temeroso corrí el visillo.

Las nubes se arrastraban como almas errantes por las calles de mi pueblo, esa noche oscura de pronto se tornó de un color azulado, casi celestial, y el viento que azotó los vidrios todo el día acarreando a la tormenta se sentó a mirar como caían al ritmo de un lento vals las plumillas de nieve, como una coreografía dirigida por el mismísimo Dios. Qué momento más lleno de paz viví esa noche mientras veía nevar en mi querido Potrerillos.

Luego de disfrutar por unos minutos dicho espectáculo de la naturaleza, corrí a mi cama a refugiarme del frío que me había calado los pies hasta los huesos. Me acosté pensando en lo hermoso que sería el día de mañana, al ver todo nevado y el desierto vestido de blanco, nos daría nuevamente lo mejor de él enclavado en los cerros.

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